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Plaza del Cabildo
 
 
 
 
   
 
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23 de Marzo de 2008

Plaza del Cabildo 

Imagen activaJota Siroco.-  El Pineda se destoca el cerebro para saludar y parece como si en ese gesto te regalara un marquesado. Sabe que nadie se cree lo de sus amores con Brigitte Bardot, ni la mitad de sus andanzas, pero él cultiva su leyenda y su decadencia como los más nobles pícaros de la literatura clásica.

Anda crecido desde que el Loco de la Colina le sacó en su programa y lleva razón porque ahí no sale cualquiera, que se lo pregunten si no al Peito, al Cuñao y al Risitas. Una especie de “gatopardo” a la sanluqueña sin más reino que la terraza de La Gitana, sin más amores que los que dibuja su imaginación y sin más ducado que los palcos elitistas de las carreras. ¿o no?

 Ese bigote cuidado guarda quizá demasiados secretos, casi los mismos que un D. Guido de opereta, pero imprime a la plaza ese tono de tiempos rancios preciso y necesario.

En la calle Tartaneros y en el Patio de la Victoria hace ya mucho tiempo vivían los gitanos y el desorden era algo natural. Hoy es el hermoso convento un decorado a lo Grotovsky donde artificiosos adolescentes y desarrapados de diseño se acercan cada sábado, botellón en mano, para ocupar y destruir este espléndido rincón de Sanlúcar. Ya casi se me olvidó el nombre de los bares que invaden sus entrañas seculares, sirva el de La Demencia, como símbolo de tanta locura.

El Alcalde Juan Rodríguez me prometió acabar con esta vergüenza cuando yo la padecía directamente en mis escuetas carnes, pero se fue para siempre antes de conseguirlo, eso sí, como parte de su promesa, puso de adorno tres guardias y un macetón en la calle Banda Playa; Laura Seco, la alcaldesa, le ha confesado a los Balbino que no hay nada que hacer y que a joderse tocan. Sinceramente yo no sé cual de los dos dice la verdad.

Es de entender. Nueve de la noche. Levante. Al mi arma no se le van de la cabeza las 300.000 pagadas por quince días. Olor a desodorante al limón. Sudor sin tregua. Barriga cervecera también sin tregua. Es de entender. Y yo allí tranquilamente, con mi puto librito, la jodida cervecita acabada y otra en puertas, charlando de cosas que nada tienen que ver con inversiones y ocupando una de las inaccesibles mesas del Balbino una vez dás y repicás las nueve en el reloj del Ayuntamiento.

Es de entender que sólo le faltaran dos segundos para saltarme sobre la yugular. Dudé un segundo pero la prudencia y el escalofrío me indicaron que era mucho mejor tomar las de Villadiego. ¡Jodido servesita, no dijo ni gracias!

 
 
   
 
     
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