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Cuentos de Sanlúcar
 
 
 
 
   
 
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09 de Marzo de 2008

La magia de Las Piletas (epílogo)

Imagen activaJota Siroco.-A Leopoldo, acostumbrado como estaba al trajín de los niños, no le sorprendió la llegada de aquel personaje vestido de escamas y plumas, tampoco que saludara ceremonioso a Esculapio como solían hacer los borrachos que se acercaban a su reino de sombra y agua, menos aún que iniciara el paseíllo por la balaustrada que rodeaba la fuente, si le sorprendió que flotando en el aire se  sentara  sobre el brocal del agua milagrosa.

De pronto notó que el plácido paseo se había ido llenando de seres y objetos de la más extraña ralea que acompañaban al extraño caminante, siguiendo el compás bailón de unos palillos de conchas, desde los arcos de Bajo Guía; miró el aguador de reojo hacia su castora de manzanilla, estaba llena, nadie podría acusarle de andar viendo visiones.Pero un sonriente ratón con el rabillo enhiesto seguía mirándole a los ojos, la fría máscara de la muerte continuaba preguntándole por un Duque de extraño apellido, un anillo intentaba encontrar un dedo en el que engarzarse, mientras que a su lado un joven corazón latía a ritmo de mirabrás.

Leopoldo tomó entre sus manos un generoso puñado de altramuces y se los ofreció a aquellos disfraces como regalo y como señal de despedida, pero ninguno de ellos se movió de su sitio, mientras que con sus gestos seguían señalando hacia la fuente.

Esta vez la castora dejó caer su líquido de oro en el gaznate reseco del guarda.Ante su vista, como si de una mágica procesión se tratara, apareció una paloma cubierta con un turbante, la sombra de una virgen, un nazareno coronado de claveles, una sirena de piedra con cara de enamorada, una gitana rubia que prometía cambiarle el destino, miró hacia el fondo del pozo y en él nadaba, aun siendo de día, una luna transparente como velo de seda.

A punto estaba de echar a correr cuando un caballo de en llamas hizo su entrada entre los eucaliptos llevando a la grupa una dama de hielo,  a Leopoldo le fallaban las piernas, pero quizá podía más la curiosidad que el terror. Sin embargo, cuando vio llegar hasta su imaginaria barrera de macetas a un toro negro con los ojos más verdes que los juncos del diablo, brincaron sus piernas camino del barco de arroz que emergía como un fantasma entre los hundidos arrecifes, al tiempo que un sin fin de ratoncillos ebrios daban buena cuenta de la manzanilla que había derramado en su alocada carrera.

Fue entonces cuando el caminante alzando su cabeza canosa sobre las humedades del brocal llamó a cada uno de los personajes por su nombre y, con más cuidado del que sus manos de sarmiento parecían a simple vista prometer, guardó a aquellas menudas marionetas en una dorada caja de sorpresas. En ella duermen un sueño mágico del que sólo la mirada de un niño podrá un día hacerlas despertar.   

 
 
   
 
     
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