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El crucero Reina Regente
 
 
 
 
 
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21 de Septiembre de 2008

Imagen activaEl perro Terranova y el crucero Reina Regente

José González Parada.-El día 24 de febrero de 1.887, fue lanzado al agua el crucero español “REINA REGENTE”, que se estaba construyendo en Clydebank (Inglaterra), por la firma “James and George Thompson”, bajo la dirección del ingeniero británico Sir Nathan Barnaby.Era de línea similar al británico “Australia”, ascendiendo su valor a unos 6.000 millones de las antiguas pesetas (243.000 Libras Esterlinas). Sus características principales eran:

·        Desplazamiento: 4.664 toneladas.

·        97,3 metros de eslora.

·        15,4 metros de manga.

·        5,9 metros de puntal.

Estaba propulsado por dos máquinas horizontales Thompson de triple expansión y 2 hélices. Tenía 11.598 caballos de vapor a tiro forzado y un andar de 20 nudos, aunque nunca llegó a más de 14.

La tripulación la componía 372 hombres. Una cubierta protectora de 50 mm., en la parte alta y 75 mm., en la zona inclinada protegiendo las calderas, máquinas y pañoles, y chapas de 90 a 125 mm., adicionales.

Su armamento eran 4 cañones con el nombre de nuestro paisano, González Hontoria que los inventó, de 240 mm., 6 cañones González Hontoria de 120 mm., 6 cañones Nordenfelt de 57 mm., 1 cañón Nordenfelt de 42 mm., 2 ametralladoras y 5 tubos lanzatorpedos.

El Reina Regente debía de servir como modelo para la construcción de otros dos cruceros que se iba a construir en España. Este crucero –que ya había nacido con ciertos defectos de estabilidad, hasta el punto de ser aconsejado a sustituir sus 4 cañones de 24 cm., por otros del 20,3 cm., incluso a la reducción de su artillería-, iba a tener una vida muy corta.

En efecto, el 3 de junio de 1.888, recibió en Barcelona la bandera de combate donada por la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, viuda de Alfonso XII, asistiendo al año siguiente en el mismo puerto a la Exposición Universal.

En 1.892, zarpó para Génova con ocasión de las Fiestas conmemorativas del IV Centenario del descubrimiento de América y, a su regreso a la península puso rumbo a La Habana remolcando una reproducción de la Nao Santa María, que fue donada al gobierno norteamericano por el español, concentrándose en la Bahía de Hudson, junto a una numerosa flota de todos los países del mundo para conmemorar el descubrimiento americano.

Y su último viaje; con motivo de la contienda con los rifeños del norte de Marruecos, que había finalizado en 1.893, se había firmado un tratado en Marraquech el 5 de marzo de 1.894 y conocido como el “Tratado de Marraquech”, donde al año siguiente, en marzo de 1.895, se había desplazado a Madrid para proseguir las conversaciones, una embajada del Sultán de Marruecos.

A consecuencia de todo esto, el día 9 de marzo de 1.895, zarpa del puerto de Cádiz el crucero Reina Regente con rumbo a Tánger llevando a bordo a esta embajada para dejarla en su país de origen.

Sólo va a esto, pues el día 10 tiene que estar de vuelta en Cádiz para estar presente en la inauguración del crucero “Carlos V” que se encuentra en los astilleros Vea Murguía Hermanos de Cádiz, -hoy desaparecido-. A la caída de la tarde del día 9, el Reina Regente se encuentra en la rada del puerto de Tánger, pero no puede atracar en los muelles al no tener sitio para ellos y queda fondeado, donde el día 10 por la mañana, llegando el práctico, recoge y desembarca a esta embajada del Sultán de Marruecos.

A las 10 horas, con viento del SW fresco, y con el cielo cerrado, el Reina Regente leva ancla y tras doblar el “Muelle Viejo”, del puerto de Tánger, se dispone a la navegación poniendo rumbo a Cádiz.

A partir de este momento, nadie sabe qué le ocurrió al Reina Regente. Dicen que algunas personas lo vieron parado en la mar a unas 3 millas de Tánger, distinguiéndose con prismático que parte de la tripulación se dirigían hacía la popa arriando algo que parecía un buzo, poniéndose en marcha algo más tarde y desapareciendo en el horizonte poco después del mediodía.

A esta hora, el viento, ya huracanado, con frecuentes chubascos y marejadas fue visto por dos mercantes que, al igual que él, luchaban con el mar embravecida, era el “MAYFIELD”  y el “MATHEU”,  cuyos capitanes informaron más tarde, que vieron al crucero sobre las 12 y media a unas 12 millas al NW del Cabo Espartel luchando contra el mar lo mismo que ellos.

El caso es que el Reina Regente no llegaría más al puerto de Cádiz. Durante varios días buques mercantes de la Empresa Trasatlántica, como fueron el ALFONSO XIII, el ISLA DE LUZÓN y el JOAQUÍN DEL PIÉLAGO, así como otros varios, no llegaron a encontrar ningún superviviente, tan sólo apareció en las playas de Conil, Tarifa, Algeciras y otros lugares, varios restos, entre ellos, un remo, trozos de cubierta, salvavidas, una metopa con la letra “R”, dos banderitas de manos, un trozo de baína de bandera con el nombre del barco y, poco más.

En estas playas que enmarcan la embocadura del Estrecho de Gibraltar, donde la fortuna y la desgracia vinieron siempre hermanadas por el mar, el recuerdo de la catástrofe ha perdurado, y aún perdura, entre los viejos marinos. Entre superticiosos e inquietos, nuestros valientes hombres de la mar han guardado un singular respeto al 10 de marzo. Cuando por esas fechas sopla temporal o se presagia mal tiempo, los marineros de Cádiz y de los pueblos próximos, tripulantes de barcos pesqueros o de buques dedicados al pequeño cabotaje, afirman amarras y permanecen en puerto con el prudente convencimiento de que es lo más acertado. Circularon variados comentarios sobre la causa de la catástrofe. Se recordaba que con mal tiempo el crucero acusaba sus deficientes condiciones marineras.

En muchas ocasiones la proa quedaba bajo el agua, rompiendo los golpes de mar en su plataforma. También se decía que el excesivo peso de la coraza y de las piezas del 24 montadas a proa y popa, producía falta de estabilidad, por lo que el barco quedaría trabucado por los enormes golpes de mar, que harían que el buque quedase con la quilla al aire. La comisión técnica encargada de esclarecer las causas de la pérdida del buque, admitió la posibilidad de que el duro temporal, al inundar las cubiertas y compartimentos de proa lo hicieron zozobrar ya sin gobierno por averías en el timón o máquinas.

Probablemente, la falta de estabilidad longitudinal, hizo que en el centro del espantoso ciclón el barco «se pasase por ojo» -según expresión marinera- tras encapillar sucesivamente varios golpes de mar, arrastrando consigo a toda la dotación. La pérdida del «Regente» motivó que a los otros dos cruceros «Alfonso XIII», construido en el arsenal de Ferrol y «Lepanto», en el de Cartagena, no se les montaran cañones del 24, sino del 20,3.

  Como ya he dicho, la dotación del Reina Regente era de 372 hombres, pero en el momento de esta desgracia llevaba a bordo 412 hombres. Tan sólo se salvaron dos marineros que perdieron el barco en Tánger, por haber desembarcado a tierra, y que se quedaron en puerto ante el temor de un arresto, así como un perro Terranova.

La tripulación estaba compuesta de esta manera:

-         Capitán de Navío don Francisco Sanz de Andino Martí.

-         Segundo Comandante, Capitán de Fragata don Francisco Pérez Cuadrado.

-         4 Tenientes de Navío.

-         4 Alféreces de navío.

-         1 Teniente de Infantería de Marina.

-         2 Oficiales de máquinas.

-         2 Médicos.

-         1 Habilitado-contador.

-         1 Capellán.

-         5 Guardiamarinas.

-         7 Contramaestres.

-         6 Condestables (auxiliares de Artillerías).

-         2 Sargentos de Infantería de Marina.

-         4 Cabos Primeros.

-         3 Cabos Segundos.

-         2 Cornetas.

-         34 Soldados, todos del mismo Cuerpo.

-         330 Marineros entre los que se contaban varios aprendices artilleros-

Como ya he dicho, de toda la tripulación del REINA REGENTE tan sólo hubo un único superviviente, testigo mudo de la tragedia.

Siempre ha sido frecuente que en todos los buques, ya sean mercante o de guerra, y en todos los tiempos, estas embarcaciones hayan llevado animales, normalmente perros,  que ayudaban y colaboraban en el mantenimiento sanitario del buque exterminando aquellos animales, frecuentemente, ratas y otras pequeñas alimañas, que se criaban y mantenían en las bodegas devorando e infestando  los alimentos y que se combatían con estas mascotas que, a veces, pertenecían al buque y otras a algún tripulante que voluntariamente los llevaba a bordo con el consentimiento del capitán del buque.

El REINA REGENTE llevaba a bordo un perro de la raza Terranova que su tripulación quería, y éste se granjeaba la simpatía de la misma jugueteando con ellos a la vez que colaboraba como un raticida más  a bordo.

Al parecer, cuando ocurre la tragedia del REINA REGENTE, este perro saltó a un enjaretado del buque y, desde éste se mantiene a flote hasta que pasado el tiempo en el agua, es recogido por un mercante inglés que después de salvarle la vida lo adopta como suyo en el barco donde sigue navegando.

Así pasa el tiempo y, como todos los buques mercantes, una vez tiene que traer mercancía a Sevilla y para ellos, es natural, tiene que fondear en el Río Guadalquivir a la altura de La Plancha, para esperar al práctico de Bonanza que lo dirija hasta el puerto de Sevilla.

Desde que este entra por la Broa de Sanlúcar, se le nota inquieto, parece ser que algo le huele a familiar, se le ve en pie con las patas en la borda del buque moviendo su rabo continuamente y mirando hacía la tierra que le parece haber estado por allí en tiempos pasado.

Fondeado el barco en la Plancha, el animal no puede esperar más y, arrojándose al agua empieza a nadar hasta alcanzar la orilla, y a pesar del cansancio, trota hacía las casas de Bonanza buscando algún lugar muy conocido para el, hasta llegar a la casa de los padres del Alférez don José María Enríquez Fernández, uno de los oficiales desaparecido en el REINA REGENTE y propietario del perro.

Meses después de la desaparición del «Reina Regente», otro crucero de nueva construcción fue bautizado con el mismo nombre, siendo botado en los astilleros de El Ferrol el 20 de septiembre de 1906, dado de alta en la Armada en 1.910. Contaba con una dotación de 452 hombres. Fue buque escuela de guardiamarinas durante algún tiempo y prestó inestimables servicios en la Guerra de África.

Tenía un desplazamiento de 5.871 toneladas con 110’9 metros de eslora; 16 metros de manga y 4’95 de puntal. Lo propulsaba calderas Belleville, 2 máquinas verticales de triple expansión, con 2 hélices y tenía un andar de 19’5 nudos. El casco estaba cubierto con una coraza de protección entre 65 y 110 mm., entre la artillería y puesto de mando máximo 100 mm. Armamento: 10 cañones de 150 mm, 2 cañones de 75 mm, 12 cañones Nordenfelt de 57 mm, 8 ametralladoras

El 31 de diciembre de 1926 fue dado de baja en la Armada.Este mismo año de 1895 fue doblemente triste para la Marina de Guerra, pues también perdió otro crucero, el «Sánchez Barcáiztegui».

 
 
 
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