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En una barca
 
 
 
 
   
 
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29 de Marzo de 2008

"Con estos sueños que uno tiene, pueden imaginarse a quién NO he votado."

Gallardoski.-A mí me gusta soñar que estoy pescando en una barquita, como Fredo Corleone, pero sin el cabrón del Michael como hermano. Aludo a esa escena de la segunda parte de “El Padrino”, porque siempre me conmueve esa confianza en ser perdonado del traidor, que lo fue por débil y cobarde más que por perversidad. El pobre Fredo con su caña de pescar, musitando una oración para atraer a los peces y sin imaginar la sentencia de muerte que contra él ha dictado su propio hermano.

Lo de la barquita es un bucolismo que tiene uno, los hay que puestos a soñar se ponen estupendos y sólo se ven a gusto, en esa arcadia onírica, pilotando un yate con retretes bañados en oro, como el moro aquel. Yo no, yo me conformo con mi chalupa, la pobreza tiene esos atavismo; hasta para soñar ha terminado uno siendo modesto.

A mí, como digo, me gusta soñar que estoy en una barquita pensando lo bien que está eso de que los gays y las lesbianas se puedan casar tranquilamente, sin que nadie vocifere a nuestro lado: maricones, pervertidos, ni ninguna otra infamia fascista. Les ha oído uno muchas veces; por la radio, por la televisión, en las barras de los bares, profiriendo esas sentencias bestias, incluso alguna vez ha tenido uno que intervenir cuando el más inteligente de todos ha soltado por su boquita genialidades como: “Entonces, mañana voy yo al juzgado y digo que me quiero casar con mi perro”. Y se queda uno pensando si el majarón lo que quiere decir es, que en su escala evolutiva se siente él más cerca de un perro que de un gay, o si lo que le ocurre es que en su escala de valores fascistas, no puede considerar al gay más o menos que un perro.

A mí me gusta soñar que cuando estoy en esa barquita, valorando el esfuerzo que se hizo por acabar de una vez por todas con el asesinato político, con la pena de muerte dictada por una banda de peligrosos paletos cuyo discurso político empieza en la mitología del terruño y en asideros más o menos marxistas mal digeridos, y concluye en esa vomitera de la dramática prosa de las balas, del secuestro y del chantaje. Alguna vez tendrán que arrepentirse, digo yo, de haber matado a la gente. Alguna vez se caerá todo ese pútrido edificio que han montando para justificar y justificarse. ¿O no? ¿O nunca vamos a tener el gusto de escuchar a los pistoleros confesar su vergüenza? Por una parte debería seguir funcionando la represión y todo eso, la cárcel, el hostigamiento del estado a aquellos que vilmente hostigan a personas indefensa y llegan con esas vilezas hasta el asesinato, pero por otra parte deberíamos entre todos inaugurar una pedagogía de la vergüenza. Como decía una canción muy antigua y muy mala de Joaquín Sabina: “Recuperar de nuevo el nombre de las cosas/ llamarle pan al pan/ vino llamarle al vino/ al sobaco, sobaco/ miserable al destino/ y al que mata llamarle de una vez asesino”

A mí me gusta, meciéndome en esa barquita, soñar con mujeres libres que como tal son consideradas por los hombres libres, soñar con hombres que no tratan, como los caricatos de las pistolas y sus secuaces, de justificar nunca el maltrato, el crimen o la violación de otra persona. Soñar, en mi utópica canoa, que cuando se termina en el amor, que como diría el clásico; ¡Vive dios que se termina! , los hombres aceptan el fin de las historias de amor, y aceptan que ninguna persona es de otra persona y que nadie tiene dueño y que, sobre todo, las entrepiernas son libres como los pajaritos que en cuanto llega la primavera entonan su canto estacionario.

Me gusta saber, en esa barquita de mis sueños, quién maneja mi barca, quién, como la de la copla, y para eso necesito libertad de información, de expresión y hasta libertad de disparates. Por eso, en vez de rezar como Fredo Corleone, ejerzo mi derecho al voto.

 
 
   
 
     
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